28 de marzo de 2014

incondicionales




Negrito mío


Ellos no se enojan si no te levantás en mitad de la madrugada cuando te piden de comer...
Tampoco se ofenden si cuando estás apurado no les prestás atención cuando se cruzan entre tus piernas, haciéndote cariño...
Ni te recriminan si cuando se te suben al regazo para dormirse una siesta, buscando tu calor,  los bajás porque en ese momento "no te pueden llenar de pelos la ropa"...
Ellos esperan, siempre esperan... otro momento en el que estés menos ocupado, o más de "entrecasa", o ya te hayas despertado...y nunca recuerdan esas cosas, sólo recuerdan que estás ahí para darte su cariño y pedirte lo mínimo, su alimento, que no sólo es la comida y el agua, sino que su mayor alimento son tus caricias y tu dedicación...
Y cuando se van "al cielo",  te quedás pensando si les diste tanto como ellos a vos...
Ojalá.

Por qué será que uno los extraña tanto  y no deja de recordarlos...?
Por qué será que ahora no me importa mi alfombra arañada ni sus pelos en mi ropa,  ni que me despertara cada madrugada con sus maullidos para comer, con su inagotable hambre de gato gordo?

Quizá sea porque  en ese momento en que se van, te das cuenta de lo que significa la palabra "incondicional", quizá porque son ellos, y sólo ellos, los animales, quienes con su mirada silenciosa te lo recuerdan cada día...

8 comentarios:

  1. Ellos son la presencia de lo sagrado en nuestras vidas. Una presencia entera, completa, sin componentes humanos antinutritivos (expectativas, juicios, especulaciones, etc.). La tristeza será mucha y profunda, indudablemente. Pero el corazón sabrá transitarla hasta componerlo gracias al legado del amor puro que este "pequeño" maestro supo brindarte/les. Para duelar te acompaña mi abrazo.

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    1. es verdad que fue un maestro, en el momento en que te leí sobre los componentes humanos, me di cuenta que si, qué manera silenciosa de enseñarnos, lástima que no siempre seamos buenos discípulos
      gracias de corazón por tu abrazo, te envío otro también de corazón, gracias por estar :)

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  2. Tal vez valga pensar lo afortunados que han sido de compartir con ese negrito lindo. Seguramente juntos, todos, se hicieron mucho bien y eso es imborrable. Es extraño. Es imposible sentirse premiados de las cosas buenas, pero tristes con las partidas. Es la vida que nos hace tener estas turbulencias. Pero de todo, lo importante es que la partida de tu negrito, hoy, nos reúne y nos conecta con el amor. Te envío mi abrazo.

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    1. si, tenés razón Yekita, hoy me doy cuenta de cuán importante era su presencia con y en nosotros, por eso no me parece raro que la casa se sienta algo vacía sin el y su dulzura
      te mando un fuerte abrazo y gracias de verdad por tus palabras
      besos

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  3. Con tanto retraso llego a compartir tu pena pero gracias al correo hemos podido hablar de ese tema que te dejó tan tocada. No me extraña yo tuve un gato rubio cuya compañía perdí y que le sigo viendo en todo los gatos rubios con los que tengo la suerte de encontrarme: uno de ellos fué el que me encontré en la estación de Santa Susana (Barcelona) que pareció que me conocía de toda la vida. Él intuyó que yo no era una curiosa más, se me entregó con todos sus gestos y como puede verse en las fotografías que fui disparando. Sin embargo, a mi me recordaba a otro "morronguito". Fué el animal más bueno y dulce que he conocido.

    Sé como te sientes pero no tengas sentimientos de culpa. Somos así, las ausencias nos duelen pero para que nos duela, es necesario que haya habido una relación de amor. Y existió porque todavía vive en tí.

    Un abrazo, querida amiga. Franziska

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  4. ¿Dónde estás? Te extrañamos. Un abrazo muy fuerte. Franziska

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  5. Cuando Martín y yo nos casamos, cada uno aportó su propio felino al "ajuar". Nuestras gatas jamás se entendieron, eran archienemigas. Cada una dormía a los pies de su correspondiente amo. Tomasina, la mía, mal llevada, pasional y tremenda. Regina, la de Martín, suave, dulce, mimosa y paciente... Regi tuvo cachorritos, conservamos a Grisina, dulce, pero más callejera y cazadora. Finalmente una tarde helada de invierno invitamos a entrar a un aterido cachorrito. Blanco,(aunque totalmente mugriento) dulce... y sordo como una tapia. Conservó siempre ese aire infantil, jamás aprendió a lavarse, las "tías" se encargaban de emprolijarlo... A la hora de dormir, se acurrucaba junto a cualquiera de ellas. Pierino no entendía la agresividad... era como si creyera que todos éramos buenos y estábamos dispuestos a amarlo... y en cierto modo así era, tal era su dulzura y confianza. Fue el último en partir, y cuando le tocó, aunque lo veía viejito, me costó aceptarlo porque para mí nunca dejó de ser un cachorrito. Me consuela pensar que todos ellos saldrán a recibirme frotándose contra mis piernas cuando arribe al más allá.

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me encanta leerlos!